Tras cada anuncio importante de Pokémon hay que recordar la lección: la nueva generación de Pokémon nunca es un nuevo juego, sino la continuación de aquel que se estrenó hace treinta años en forma de ediciones roja y verde, o azul en Occidente.
Pokémon X no es Final Fantasy X. No es una nueva historia en un conocido marco, sino exactamente lo contrario: es la misma historia, que continúa ahora en un nuevo marco, que es una nueva región con algunas novedades mecánicas y nuevas criaturas.
Esto se percibe, conscientemente o no, cada vez que se retoma la aventura. Los destellos de novedad y el maremágnum de opiniones internáuticas se acallan cuando se abre la pantalla de combate, golpea el ritmo de la música y el entrenador lanza la pokéball para sacar a su primer combatiente. La sensación recuerda a la que evocan las películas en las que el protagonista vuelve a empuñar un viejo arma. ¿Qué importa el batiburrillo de relieves del mapa de Escarlata cuando la música del combate contra Casiopea te arrastra a un enfrentamiento clave de igual a igual?
La nueva generación es, antes que nada, la vuelta a la competición Pokémon. En las últimas ediciones, aunque en lo periférico tengan un acabado mucho peor que las primeras, e incluso errores de bulto importantes, las sensaciones tan bien perfiladas en la primera generación afloran de nuevo. Cualquiera de los juegos activa los pocos y efectivos elementos clave: el sentido de la aventura Pokémon, que es una aventura competitiva, cuyos momentos más intensos recuerdan más a la emoción de una final de fútbol que a la catarsis de un arco dramático; la memoria de la aventura ya vivida; y la música, que suele ser estupenda y capturar el espíritu de la saga: alegre, emocionante y despreocupado. Cuando eso ocurre, la emoción del combate resurge como teñida de un color nostálgico que lo resignifica todo: qué lejos hemos llegado como entrenadores.
Los desarrolladores lo saben, que es lo importante. No hay más que ver el inicio del Pokémon Presents de este año (2026), que reproduce pantallazos de todas las ediciones lanzadas hasta el momento; o el tráiler de presentación de Viento y Oleaje, que comienza con bocetos de cada una de las generaciones para terminar en un dibujo del mar, y la cámara levantando la vista al mar real que es la nueva región. Lo más tranquilizador del tráiler no son los mejorados gráficos o el sentido aventurero que transmite, sino ese primer arco nostálgico, pero no sólo nostálgico: conecta con los recuerdos que cada jugador tiene asociados a cada generación anterior, porque Pokémon siempre ha estado presente en la vida de sus aficionados, y desemboca en el siguiente tramo de la aventura.
Este tráiler de los bocetos es lo menos tramposo que GameFreak podría habernos mostrado: responde a lo que la saga es. No nos prometen rememorar lo vivido para facilitar la compra de una cosa nueva que podría estar o no a la altura. La promesa es continuar la aventura otro poco más, y siempre se cumple.
Todo eso es lo que se remueve dentro del jugador cada vez que se acerca una nueva entrega. Lo que hay que entender del fenómeno Pokémon es que los encandilados no son sólo "gente", ni "consumidores", ni "jugadores de videojuegos". Ni siquiera son solamente "fans"; son Entrenadores Pokémon, y este rasgo surca indeleblemente su personalidad. Nada de eso se explica con los baremos típicos de análisis de videojuegos.