Hubo una época en la que cada estreno de película de éxito iba acompañado del lanzamiento de videojuegos basados en ella, y digo "videojuegos", en plural, porque se lanzaban tanto para plataformas 3D como para portátiles, no teniendo nada que ver el Tarzán de PS1 con el de Game Boy Color, por ejemplo.
De entre esa montonera de juegos, de los que tuve unos cuantos (mi colección de PS1 se nutrió básicamente de Disney y alguna cosa más, no llegué a fijarme a mis nueve años en ni uno solo de sus juegos clásicos), uno destaca sobre los demás en mi memoria videojueguil y no sólo en la mía, sino en la memoria colectiva de mis hermanos y mi primo, compañeros de aventuras virtuales desde la infancia. Ese juego es Harry Potter y la piedra filosofal.
Fui fanático de Harry Potter desde los ocho hasta los catorce años, aproximadamente. Empecé a leer los libros porque una profesora los recomendó en clase y mi entusiasmo por el mundo mágico de Potter superó durante unos años al que pude sentir por casi cualquier otra cosa. Quizás sólo El Señor de los Anillos me gustaba más, pero el Potter me redirigía a su mundo con frecuencia porque tenía mucha más cantidad de estrenos, entre libros y películas.
Llegada la Navidad correspondiente pedí a los Reyes, cómo no, el juego de Harry y lo estrené con mis hermanos y primo. Lo que ante nuestros ojos apareció no era ni podía ser una obra maestra, categoría carente de sentido a esa temprana edad, pero sí nos golpeó desde la primera sesión con algo más especial: el carisma de las obras que al margen de su calidad cargan en sí una montaña de regalos, en forma de momentos míticos y memorables.
Ya en la primera partida, nos reímos de la cara plana de las lechuzas, que parecían haberse estampado en vuelo contra las ventanas de Hogwarts; sentimos vergüenza ajena cuando Dumbledore gritó "¡papanatas, llorones, baratijas, pellizco!" sin venir a cuento; y quedamos absortos por el desfile de personajillos que nos abordaban desde los lugares más insospechados, subidos chulescamente a una estantería o asomados a una alcantarilla en busca de un gatito perdido o volando como fantasmas. Harry Potter en general es un atrapante mundo mágico para niños y Harry Potter El Videojuego era el esperpento de ese mismo mundo mágico. Hogwarts deformado en ese precario 3D de la primera Play que siempre parece a punto de venirse abajo.
El cachondeo continuaría sin interrupción durante todas las etapas del juego: los trolls mocosos de las alcantarillas; el quidditch, inmanejable porque era el primer control vertical invertido que manejaba en mi vida; las broncas de profesores provocadas a propósito al fallar en la ejecución de los hechizos, que podían acompañarse rítmicamente de un "desarmonioso" pero adictivo ruido que sonaba con cada fallo, pobre profesora McGonnagall; la persecución del troll en las pruebas finales; los estresantes paseítos en montaña rusa dentro del banco Gringots; y así ininterrumpidamente hasta llegar a la batalla final contra Quirrel, que incluía una secuencia de patadas en los huevos para derrotarle, o así quisimos entenderlo.
Todo el viaje transcurriendo, por supuesto, en el ambiente tomado de la saga original, plagado de sus elementos mágicos y adornado inolvidablemente con un doblaje que, para bien o para mal, se clava en la memoria para siempre. Y es que es uno de esos juegos que se prestan a ser imitados en muchas de sus frases por los siglos de los siglos, muchas de cosecha propia y no de los libros ni las películas, pero todas ocurriendo en el maravilloso mundo imaginado por JK Rowling. Absorbí este buen material en las circunstancias idóneas: a la edad ideal para disfrutarlo y en compañía de amigos también en la edad ideal. Su legado pervive en nuestra memoria hasta hoy y seguirá vivo. Con lo que Harry Potter y la piedra filosofal es uno de los juegos mejor aprovechados de toda mi vida.
Otros juegos de los que tengo buen recuerdo, dentro de ese elenco de juegos para niños, son Tarzán (mi primer juego de PS1), Hércules, uno de Mickey, Tintín... entre otros. Por lo que puedo recordar (no pienso rejugarlos) no eran especialmente sofisticados, pero sí disfrutables para los aficionados de sus respectivas películas, libros o lo que fuera. Para un niño, el mero hecho de representar virtualmente el papel de sus héroes favoritos era un estímulo más que suficiente. Pero Harry Potter ocupa el lugar preferente: tuve la suerte de que justo el juego salido del universo ficticio que más me entusiasmaba en esa época fue también el más cargado de momentos y frases memorables y estrambóticos. Atlantis es el juego dentro del "género" que más de cerca le hizo la competencia: jugué decenas de veces el nivel del camión. En Harry Potter no había un nivel de camión, y a esa edad eso es una característica relevante en el apartado "diversión". Pero aún así Harry voló demasiado alto para cualquiera y, por lo que a mí respecta, no tuvo rival en la primera generación de PlayStation.
Esta es mi vivencia de la primera y exitosa consola de Sony, nada que ver con la historia oficial de los videojuegos. Ni Final Fantasy VII, ni Gran Turismo, ni nada. Aún elegía los juegos con mi mirada de niño y sin guía experta de nadie porque soy tanto el hermano como el primo mayor. Uno o dos años después, descubriría la revista Nintendo, conseguiría la Game Boy Advance y después la Gamecube y mi vivencia videojueguil se alinearía con la historia del medio. En mi etapa "prehistórica" como jugador, la desinformación marcó por completo mi primera experiencia con PlayStation (no tanto con Nintendo, en cuyas consolas es más fácil que los juegos sobresalientes coincidan con los que llamarían la atención de un niño desinformado). Y en mi vagabundeo por la primera consola de Sony encontré fuentes de disfrute que no pueden valorarse con los criterios que hoy aplico a mis experiencias. El juego que sobresale entre esos que no deben ser calificados con objetividad es Harry Potter y la piedra filosofal.
La época de los juegos de película sin excepción ya pasó, y cada uno tendrá su propio recuerdo de infancia equivalente a este. Compartir el entusiasmo por un mundito secreto al margen de los adultos, vivir intensamente en él y replicarlo con imitaciones en el mundo real. Harry Potter no es para mí más que uno de los recuerdos que sellan esa etapa pasada, por la que estoy agradecido.
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