Ayer fui a ver la película de Súper Mario Galaxy y me pareció notablemente mejor de lo que anticipaban las reseñas que había leído.
A punto estuve de dejarla pasar, viendo en los anuncios que se trataba del mismo producto que la anterior película: una sucesión de colorines y referencias sin más motor que un humor tontorrón y una vorágine de giros de cámara para mantener estimulada a la peña. Pero en alguna reseña en concreto me convencí de que la visita al cine merecería la pena: igual que la primera película, esta prometía mantenerme sonriendo toda su duración y darme una sesión de despreocupadísimo disfrute que, por no dejar poso, no volvería a visitar nunca más.
Mi cabeza anticipaba lo que probablemente iba a experimentar: un largometraje que activara eficazmente los circuitos nostálgicos construidos en mi interior a lo largo de los años por el imaginativo y entrañable mundo creado de una de las mejores sagas de videojuegos de la historia. Por un lado, comprendía que tal constructo no mereciera alabanzas de la crítica profesional, al carecer de méritos propios más allá de los buenos "gráficos"; pero, por otro, el hecho de que la película cosechara todas sus virtudes de los videojuegos no quitaba realidad al disfrute efectivo que a los aficionados nos esperaba en la sala.
Reiteradamente se ha lanzado el comentario de que se trata de una tira de secuencias cortas (de "reels") ambientadas en el universo de Mario y optimizadas para administrar dopamina a los niños de la "generación tik-tok" en dosis calculadísimas, no sólo narrativamente plana, sino absolutamente carente de cualquier hilo conductor. Una sucesión de imágenes deslumbrantes sin contenido. Una chuchería híper estimulante para cualesquiera niños, indescifrable para los adultos no aficionados a Súper Mario y perdonable para los sí aficionados. Una bomba comercial placentera como la comida basura para los muchos que sí formamos parte del público objetivo. No es que todas las reseñas acojan la misma premisa, pero se trata de una de esas afirmaciones que, por inusitadas, se libran de una verificación crítica, se vuelven más virulentas que el resto de comentarios y terminan dibujando el recuerdo que quedará de lo que se dijo de la película: "Súper Mario Galaxy fue un producto tik-tokero nostálgico".
Dispuesto a aceptar la premisa y disfrutar del artefacto ultra comercial, decidí acudir a verla; y me llevé la inesperable sorpresa de que Súper Mario Galaxy, al contrario de lo que apuntaban las críticas más destacadas es, después de todo... una película. ¡Una película normal y corriente!
La presentación de los personajes y la introducción narrativa son claras: el mundito de Estela y sus hijas estrellitas, la irrupción del villano Bowsy y el encuentro con el nuevo amigo Yoshi. El ritmo es ágil, pero no atropellado; y el tono es encendido, pero no histriónico. Luego, la aventura transcurre de forma muy rápida y entretenidísima. No es un "peliculón": no deja respirar el mundo interior de los personajes, por lo que no crea la carga emotiva que supongo que los críticos han echado de menos; y tampoco tiene en su acción la genialidad de Steven Spielberg o la tensión de Mad Max: Furia en la carretera (por mencionar otra película que es un no parar).
Pero lo que las reseñas me anticipaban no era una película "no genial"; ni siquiera una mala película. Lo que las reseñas me anticipaban era una "no-película", un producto deliberadamente apartado en cada uno de sus componentes de la lógica del cine, una sucesión que de ningún modo conformaba una continuidad coherente. Y esto es, sencillamente, mentira.
Como la idea ha calado en parte del público y de las críticas no profesionales, lo que se percibe es la necesidad de disculparse por anticipado por ir a ver la película de Mario. Hay que entonar varias veces que "ya sabemos a lo que vamos" o que "debemos ser conscientes de que la película es lo que es, y no busca más"; hay que afirmar, antes que nada, lo mala que es la película; hay que ofrecer entonces la explicación de por qué alguien iría a verla (la vorágine de referencias que captura indefectiblemente el corazoncito del "gamer" añejo); y entonces al espectador se le "perdona" el pecado de ir a contemplar semejante catástrofe. Con tanta convicción proferían todos esta opinión común que me convencieron de que lo que iba a ver era eso: un montón de pantallazos brillantes inspirados en esta queridísima saga; un auténtico chantaje de diseño mercadotécnico.
Si hablamos de notas, la cosa, efectivamente, no da para más que una puntuación pasable, agigantada para aquellos que llevan toda la vida comiendo los champiñones del Súper Mario. Lo que me extraña del caso es que a esta película en concreto no se la tome en consideración como tal, cuando tenemos ejemplos a patadas de películas mediocres, cuando no directamente aburridísimas, a las que, si bien se les da de palos en las puntuaciones (y no tanto como a esta), se las "toma en serio", se las despacha con el mismo instrumental de trabajo crítico que otras películas más aclamadas.
Como ejemplo, tenemos los interminables lanzamientos de superhéroes. Recuerdo que la película de Aquaman tenía exactamente todo lo que podríamos criticar y alabar de Súper Mario Galaxy: guion meramente funcional, falta de fuerza emocional y de originalidad y "trepidancia" total. Recibió más que decentes críticas. ¿Y sabéis qué? Que la película está bien, pero es igual de vacía que Súper Mario Galaxy (que sin embargo cuenta con el respaldo real del legado videojueguil, que aprovecha con soltura), igual de carente de emociones, pero menos graciosa y menos divertida...
Igualmente, recuerdo que, cuando se estrenó en cines el octavo episodio de Star Wars, una mayoría de aficionados la puso a parir y un grupito la defendió de alguna manera. Lo que no se hizo fue negarle al episodio la condición de película, aunque se lamentase mucho su condición de episodio de su saga y se soñase con destruirlo y "remakearlo" todo.
También me viene a la cabeza una nueva película de animación que ayer, precisamente, anunciaron en la sala. Trataba de unos cavernícolas, y la narración del anuncio comenzaba con una frase un poco larga de más que empezaba diciendo: "Soy el hijo del jefe de una tribu...". Parecía que me planteaban un ejercicio práctico en clase de Derecho de Familia y Sucesiones, más que una invitación a involucrarme en un mundo de ficción. "Soy el hijo del jefe de una tribu que" blablablá. Ya se ve sobre qué pivotará la parte emocional del guion: el trauma del cavernícola hijo fraguado en su distante y asfixiante relación con el cavernícola padre-jefe de la tribu. Inevitable acordarse del meme:
¿Qué sambenito se le ha colgado a Súper Mario Galaxy para negarle el derecho a ser criticada como película? Uno que, desde luego, no tiene que ver con su calidad como película, y que creo que puede tener que ver más bien con que se mueve en coordenadas completamente ajenas a cualquier agenda ideológica. Miyamoto se ha asegurado de hacer una cosa que gustara a los niños, en cuanto nada más que niños (incluyendo los niños interiores de los adultos "educados" con sus videojuegos), y el resultado no ofrece ni un gramo de catarsis emotiva ni ideológica a los espectadores: no ofrece anclajes para la reivindicación ni para la indignación, no mapea tipos identitarios en (o contra) los que proyectarse, no sirve como vehículo para sentirse profundo ni inteligente, sólo como entretenimiento ligero, pero eficaz, para esos seres casi exóticos llamados "niños", con los que tantos adultos ya no tienen relación ninguna.
Súper Mario Galaxy es un entretenimiento sin hondura, lo que le ha cosechado notas bajas; pero también es un producto sin conexión con dialécticas ideológicas concretas, lo que le ha ganado la apatridia a la película y una pequeña cancelación a Miyamoto. Ojalá viva muchos años.
Veredicto: es una peli.
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