Como ya he contado alguna vez, el fenómeno Pokémon me pilló en la edad perfecta para disfrutarlo: la serie llegó a España cuando tenía seis años.
Evidentemente, me sumergí en el fenómeno como casi todos los de mi edad: el patio del colegio se llenó de niños intercambiando cromos, apostando tazos y formando corrillos alrededor de unas pocas Game Boys.
Recuerdo cuando una chica de siete años (uno más que yo) me intentó estafar un cromo. Quise que me diera un cromo "brillante" de Pikachu, y le ofrecí a cambio dos cromos normales (no brillantes), como era la regla consuetudinariamente establecida: un cromo brillante por dos normales. Y la tipa, sin duda pretendiendo prevalerse de mi inferior edad (porque de los seis a los siete va una vida), me dijo que tenía que darle tres cromos porque, además de ser brillante, era un cromo de Pikachu. Yo le dije que no, y me resistí a su artimaña mercantil y a su persuasivamente superior edad, de lo cual me siento muy orgulloso cada vez que me acuerdo: fue un pequeño límite a las prácticas abusivas, un precedente práctico y humano de los derechos generales del consumidor y usuario regulados en el Texto Refundido aprobado por Real Decreto Legislativo 1/2007, de 16 de noviembre. La honestidad personal nos ahorraría millones de legislaciones insoportablemente aburridas, pero resultan necesarias porque personas como aquella niña de siete años abundan más de lo que la sociedad podría soportar dejada a su aire.
También recuerdo con mucho cariño cuando me crucé en el patio con un niño que llevaba arriba de su taco de cromos el único que a mí me faltaba en ese momento: Dugtrio. Escarmentado tras el encuentro con la niña avara, abordé al niño poniendo cara neutra: si revelaba la desmedida felicidad que anticipadamente depositaba yo en su Dugtrio, podría sacarme lo más grande. La permuta se practicó con normalidad y sujeción a las reglas: cromo por cromo. Es la única colección de cromos que he completado en mi vida, y fue a base de intercambios en el patio del cole, sin llamar a Panini.
Respecto a los tazos, mi personalidad aversa al riesgo me mantuvo alejado de la esquina de las apuestas, más allá de asomarme a mirar de vez en cuando. Lo que me gustaba era el ritual semanal de comprar la bolsita y abrir el tazo. En estas fichas fue donde comencé a aprender la tabla de tipos, realmente, antes que en los videojuegos.
En cuanto a las pocas veces que pude asomarme a algún corrillo de Game Boy, los precarios gráficos de la diminuta pantalla abrían, como el estómago de Kirby, un "otro universo" inconmensurable que mi imaginación infantil se encargaba de expandir. El monigote avanzando entre píxeles y los ilegibles monstruitos que aparecían en el menú comenzaban las líneas de un dibujo que llegaba a todas partes en aquella época.
Ya conté cómo obtuve mi primer juego de Pokémon, y ya sabéis que a día de hoy sigo jugando a la saga y apreciándola. El episodio que he recordado últimamente tiene que ver con otra cosa, pero se dio en relación con Pokémon porque fue mi primera gran obsesión consciente (la segunda fue Harry Potter).
Yo era un niño generalmente obediente, lo que no está mal, pero tampoco es necesariamente una virtud: creo que lo hacía en gran parte para cosechar las alabanzas que los padres y profesores deslizaban ante ese comportamiento.
Un día, fuimos a algún sitio a reunirnos con unos familiares. Por lo que sea, me tocó ir solo en el coche con mi padre. Yo tendría nueve años.
Personalmente, nunca he tenido ninguna gana de ser más mayor de lo que en cada momento he sido. Pero sí quería complacer a mi padre, que generalmente nunca ha tenido problema en dar a entender qué cosas le parecen una horterada, una tontería, y cosas similares. Para cuando tenía nueve años, era perfectamente consciente de que Pokémon caía en esas categorías.
Así que, en un intento de provocar mi propia maduración a fuerza de voluntad, motivado por mi inclinación a honrar a mi padre, pronuncié, tras una breve pero intensa reflexión, estas palabras:
"Papá, me he dado cuenta de que Pokémon es una tontería".
La verdad, no recuerdo su reacción. Sé que bien temprano (me suena que ese mismo día) me enteré de que mi padre, en cuanto se reunió con mi madre, le contó el episodio y se rieron. No me extraña: hice la declaración muy solemnemente.
¿Qué pasó después? Quizás me sentí atado por mis propias palabras durante un tiempo, porque recuerdo que tardé en comprarme la siguiente edición que se lanzó de la saga. De hecho, decidí no comprarla en principio. Creo que entré en un período de discernimiento que se resolvió cuando comprobé la pura realidad: sencillamente, Pokémon me seguía gustando, y con once o doce años compré la edición Zafiro.
Esta viñeta de mi vida puede parecer muy anecdótica y aislada de lo demás, pero creo que no deja de ser un paso más en la madurez, después de todo. Sí, me sigue gustando Pokémon muchos años después, y no considero que ello sea signo de inmadurez: Pokémon, simplemente, es un juego (¡y muy bueno!). Pero eso no hace inútil la reflexión que intenté con nueve años: procuré aprender de quienes sé que saben más que yo, me esforcé en caminar por un buen camino. Independientemente de la conclusión a la que se llegue en cada reflexión de este tipo, lo que desde luego es nocivo, por atrofiar el crecimiento, es el dogma (que he visto propagado en Twitter, por ejemplo) de que los gustos, hobbies y actividades de ocio no tienen nada que ver con la edad y están perpetua e indiscutiblemente validados por el mero hecho de ser tales.
Por otra parte, es justo reconocer que mi señor padre se tragó enterita, porque yo se lo pedí, la película de Pokémon. La vimos en casa y soportó como un héroe todo el metraje. Yo no sé si mi madre le instruyó para que lo hiciera, o si fue su propia intuición de padre la que le guio durante el trance, pero la vio seriamente y nunca se burló de ella.
Y, creedme, motivos no le faltaban.
Únicamente recuerdo que me preguntó por qué lloraban los pokémon, en la risible escena en la que Ash se interpone entre los ataques de los pokémon y queda petrificado, y todos los bichos empiezan a llorar y sus lágrimas levitan hasta el Ash petrificado y entonces, por el poder de la amistad, se despetrifica y su amistad con Pikachu es sublimada animescamente.
Callado asistió mi padre al japonesísimo melodrama, oigan. Es ahora, de mayor, cuando puedo poner en su justo valor aquella hazaña, que trasciende los límites de mi historia videojueguil.
Años después...
Pokémon permanece en mi vida como una de mis sagas favoritas. Ya no gasto tardes de verano y paquetes de pilas en entrenar a mis pokémon en la Game Boy, y la serie y otras ramificaciones de la saga me traen sinceramente sin cuidado. Durante un período, tiré cajas de juegos, y tazos, y revistas. Intercambié mi edición Plata por el Final Fantasy Tactics de Game Boy Advance. Le regalé mi peli de Pokémon a unas buenas amigas. Quise conservar mi álbum de cromos, pero se perdió. En fin, conviví con los rastros de mi afición descuidada y alegremente.
Nunca he sentido que mi gusto por la saga Pokémon estuviera atravesado por esa avaricia que sí he sentido por otros productos, esa artificiosa necesidad de degustarlo todo con o sin apetito. Paradójicamente, creo que el cariño que le tengo a la saga es totalmente sano gracias a aquella vez que decidí desprenderme de ella: purificada de mis ansias, me hace sentir genuina ilusión con cada nuevo lanzamiento.
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