Antaño, recuerdo descartar prejuiciosa, tajante e irreversiblemente cualesquiera páginas de la revista oficial de Nintendo que tratasen de videojuegos que, a golpe de vista, no me gustaban. El interés de cada revista mensual podía pesarse en gramos o contarse en número de páginas. Pasé olímpicamente del Resident Evil de Nintendo DS porque, en el primerísimo instante de cruzarse mi mirada con las imágenes plasmadas en su correspondiente análisis, mi cerebro, o quizá incluso mi jovencita médula espinal por sí sola, descartaba en un movimiento reflejo el producto. Resident Evil no me gustaba, y punto. Colocaba las ovejas a la derecha y los cabritos a la izquierda con una convicción verdaderamente temeraria. Esta actitud creaba mi historia videojueguil con cada arbitraria calificación.
Es fácil encontrarle la pega a este criterio de selección: muchos buenos videojuegos e incluso algunas obras maestras son inevitablemente descartados. Si expusiera este criterio en cualquier foro, cosecharía respuestas insistentes en que no debería fiarme de las primeras impresiones. Dentro de su lógica, tienen toda la razón, pero su lógica entraña un peligro mayor que dejar pasar por accidente algún buen juego.
Desde el planteamiento que he atribuido a los foreros imaginarios, la buena evolución del jugador es esta: al principio, elige y descarta arbitrariamente; y luego, dotado de más prudencia y sabiduría, elige y descarta sólo tras un concienzudo e informado examen de cada obra. Una maduración fructífera en la carrera videojueguil. Pero yo creo que esto no es lo único que ocurre en realidad.
La selección arbitraria que mi yo de la niñez ejecutaba como juez caprichoso movía cada videojuego adentro o afuera de mi propia vida, otorgándole una posición y, muchas veces, una carga de significado. El videojuego entraba en casa y en la estantería ya con un rostro definido por su historia en mi vida. Luego, su posición se concretaba según qué tal fuera en sí mismo.
Entonces, vino internet y la híper conexión entre todos; y la crisis de la familia y de la natalidad; y la hipertrofia de los hobbies; y las responsabilidades adultas y el poco tiempo que dejan para vivir en mundos fantásticos; y el abaratamiento de los videojuegos (por muchas quejas que inunden los foros); y la multiplicación de ellos, y el desarrollo de la industria, de sus medios y de su "saber hacer"; y el crecimiento de los videojuegos con nosotros: no se piensan sólo para los niños.
Y con todo ello, la oportunidad de validar ante todos nuestra afición favorita, la necesidad urgente de hacerlo, y la proliferación de foros de todo tipo más allá de la prensa, y la velocidad de las noticias y reacciones.
Esta masiva y rapidísima dinámica de opiniones, junto con la dedicación de tiempo e interés exagerados al mundillo de los videojuegos, fue el magma del que se sacó una "meta-narrativa" de los videojuegos, y el niño-juez, crecido, dejó de poder seleccionar su próxima aventura basándose en su propia intuición lanzada contra los videojuegos de la estantería del supermercado. Porque terminó conectado a una narrativa que precedía cualquier impresión directa del videojuego y colocaba en sus manos tomos y tomos de precedentes y declaraciones minuciosas que había que sopesar con cuidado. El impacto del modesto análisis de la revista mensual no se compara con el que tienen conjuntamente los "tuits" y miniaturas y títulos de vídeo en Youtube; ni digamos las horas y horas de verborrea "podcast" y cosas similares.
El interés "intelectual" por cada videojuego que contenga algún valor no ha surgido de una maduración progresiva, reflexiva y dedicada del jugador añejo, eso es una mínima parte. En su mayoría, se debe a la insistencia con la que todo el aparato de crítica y comentario bajo el que el jugador vive su afición a los videojuegos proyecta sobre cientos de títulos un determinado relato, y esos mismos videojuegos que por nuestro propio gusto habríamos descartado en una vida conectada a hermanos, primos y amigos cobran vida y brillan atrayentes en una vivencia conectada a las redes. Antes, uno "pasaba página", literalmente, de esos videojuegos; ahora, es imposible vivir apartado de la sombra que proyectan a la luz de la historia narrada sobre ellos. Se antoja necesario estar al tanto de cada nuevo "juego mesías" (que siempre andan todos esperándolo y deseando verlo en algún lanzamiento próximo), y además recuperar las obras maestras que nos perdimos, porque no hay otra manera de "estar del todo" el el hobby.
En un estado tan angustioso, tal vez lo más sensato sea intentar recuperar la fortaleza de aquel niño que arbitrariamente tenía clarísimo qué videojuegos merecían su interés y cuáles no.
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