martes, 23 de agosto de 2022

Cómo dominar los videojuegos


Sírvete del videojuego, domínalo. 

El medio ha crecido con nosotros: las empresas siempre encontrarán el modo de que piques y los creadores seguirán sacando obras maestras de vez en cuando, buenos juegos frecuentemente y, entretanto, reiteraciones de lo que nos encanta. Paradójicamente, cuanto más tiempo hayas dedicado a un tipo de juego, menos creatividad hará falta para tenerte enganchado: cualquier pequeña variación parecerá relevante, un soplo de aire fresco en medio del tedio genérico. Te parecerá que ha merecido la pena el viaje solo por añadir una nueva línea a tu enciclopédico historial. Pero a medida que amplías tu conocimiento de la cosa, empequeñeces tu mundo interior. ¿Cuántas horas has empleado para poder ver cada vez más detalles a través de una ventana cada vez más pequeña? Como dijo alguien: un experto es aquel que sabe cada vez más sobre menos cosas, hasta que lo sabe absolutamente todo sobre nada. Mientras tanto, un humano normal es capaz de disfrutar intensamente de usar moderadamente un único juego, el que por azares de la vida limitada que tenemos se hizo hueco en la suya. Un completo ignorante del medio tiene una noción mucho más clara de cuál es la gracia de sentarse a jugar que el que se juega todos los recomendados de 3Djuegos. Y tú también la tienes, pero no te la ha enseñado el decimoséptimo juego de un vídeo sobre el top 20 JRPGs 2019 3DS, sino el recuerdo de cuando jugabas al parchís con tu abuela.

El doblemente setentero (porque tiene 70 años y porque sigue vistiendo como un rockero de los años 70) enterrado en su colección de vinilos conoce una sofisticación del rock que el abuelillo que se pone a bailar Let's Twist Again en una boda ignora. El señor sesudo que se compra anualmente el abono del Auditorio Nacional y distingue delicadamente los matices de cada interpretación que se ha hecho de la Novena de Beethoven goza de un disfrute inaccesible para el bebé que oye por primera vez la marcha turca de Mozart, o el niño que por primera vez pulsa la tecla de un piano, o el adolescente que descubre cómo se llama esa famosa melodía que tantas veces ha oído por ahí, el Canon de Pachelbel, y que ahora puede oírla una y otra vez. Pero el abuelillo siente la pulsión que da al rock vidilla, personalidad, gracia y éxito. El bebé, el niño y el adolescente sienten la música rompiendo el silencio. El disfrute del experto no tiene por qué dejar de ser disfrute: es más sofisticado y comprende el disfrute original y más. Pero corre el peligro de perder de vista por el camino ese disfrute fundamental que hace que la música sea disfrutable en primer lugar y que de verdad merezca la pena escucharla.

Si necesitas un ejemplo videojueguil totalmente visual de este fenómeno lo tienes: la saga Kingdom Hearts. Mira la escena final de su primera entrega y luego algún vídeo explicativo de sus tramas posteriores. No hace falta haber jugado ni un juego de la saga para darse cuenta de que algo se ha perdido por el camino. La propia trama lo dice, en cierto modo: lo que se ha perdido por el camino es el corazón. Curiosamente, la trama refleja de algún modo ese fenómeno por el que, a base de desperdigar nuestro corazón por ahí, perdemos nuestra identidad. Si quieres conocer el corazón de Kingdom Hearts lo más efectivo es escuchar su música.

La verdad es que yo solo he jugado un Kingdom Hearts completo, el de Game Boy Advance. Para cuando tuve oportunidad de jugar la saga, ya no me decía nada, pero su imaginería y sus temas se han ganado un lugar en mi corazón a través de la canción Simple and Clean y alguna más, y también gracias a que a través de varios conocidos estoy bastante familiarizado con la saga. Kingdom Hearts no carece de valor y pienso que el amontonamiento de tramas es un estropicio del que podemos aprender algo, porque cuando lo miro me parece ver a un adolescente atascado, que vivió su niñez como niño pero que no sabe vivir su adultez como adulto. La saga Kingdom Hearts no se ha estirado por puro capricho ni por pura avaricia: simplemente, no ha sabido crecer, o ha intentado vivir una vida que no le corresponde. Kingdom Hearts 1 y 2, que salieron para la misma consola, son queridos por quienes los jugaron. Kingdom Hearts 3, que salió muchísimos años después, con varios juegos de por medio complicando la trama, ha perdido el encanto. Muchos creen que es un juego que se podría haber hecho mucho mejor. Yo creo que, simplemente, cada cada cosa tiene su tiempo: Kingdom Hearts está muy ligado a la adolescencia y el 3 ha llegado tarde, cuando el público ya ha crecido (y los creadores también). El problema está en que todos los niños crecen, y uno no puede estar perdido eternamente. La niñez de un niño es natural y emocionante, la niñez de un adulto, cuando solo quiere ser un niño, es artificiosa, falsa e insuficiente. Kingdom Hearts ha intentado seguir siendo niño y se ha quedado atrapado en la adolescencia. En el primer juego veo la adolescencia, con su inocencia todavía infantil sacudida por experiencias y peligros nuevos y confusos, convertida en un mundo de fantasía. En las tramas enrevesadas veo flipadas solo aptas para adolescentes, que no es lo mismo. Madurar no es hacerse complicado. Kingdom Hearts ha tomado un camino que no puede dar buenos frutos. Por ese error de base, sus nuevas tramas no podían ser mejores de lo que son. Hasta la compositora Hikaru Utada, creadora de algunas canciones de la saga, parece rogar al niño que madure de una vez en Don't Think Twice.

Asúmelo: tu mundo interior es mucho más grande de lo que nunca llegará a serlo ningún videojuego. Quizá no (tanto) cuando tienes 7 años, pero sí cuando tienes 30. Y asúmelo también: no son los videojuegos la forma de arte que más penetra en ese mundo interior. Por mucho que The Last of Us se aproveche de la interactividad del medio para emocionar y lo consiga, la verdad es que su guión es normalito. Es muy bueno puesto al servicio de un videojuego, pero no en términos generales, dentro de lo que es posible comparar. Pero esto no me lo ha enseñado ningún videojuego, sino las buenas novelas y el buen cine, que son los medios que más profundamente pueden penetrar en ese mundo interior. ¿Por qué? No merece la pena explicarlo, me parece demasiado claro, y de todas formas la vida plena tampoco está en las novelas.

Descubrir esto no supone para mí despreciar los videojuegos, sino ponerlos en valor como lo que son. Son cosas, y no dan la vida. Así que no seas torpe, sírvete de los videojuegos. ¿Te has atascado y estás jugando cada vez peor? Apaga la consola. ¿El juego es aburrido? Déjalo. ¿Te lo has pasado y no tienes tiempo de rejugarlo? Regálalo. ¿Las cajas ocupan mucho? Tíralas todas. ¿Tu familia te necesita de repente? Deja tirado a tu equipo del LoL. ¿Los videojuegos te cansan? Abandónalos y no hagas planes de volver a ellos (ni de no volver). La vida es mucho más corta que lo que duran los videojuegos buenos y mucho más grande y valiosa que todos juntos. Una vez leí un comentario en un foro que decía algo así como: pienso consagrar mi vida a los videojuegos. No utilizó la palabra "consagrar", pero eso era lo que se proponía: entregar su vida a los videojuegos y renunciar a lo demás.

Esta hipertrofia de un simple hobby no es culpa de los videojuegos sino de que actualmente es posible rellenar todos los huecos de tu vida con entretenimientos. El ejemplo más claro son las series: hay quienes encadenan una detrás de otra no porque casualmente encuentren series que les estimulen una detrás de otra, sino porque ver una serie se ha convertido para ellos en una necesidad. Puestos a ello, elegirán la mejor posible, claro, pero el tamaño inconmensurable del actual mundo del entretenimiento no puede llenarse de ideas realmente estimulantes. Las grandes producciones acaban tocándose con la telenovela cutre de sobremesa: al final, se ven en primer lugar para llenar un tiempo con el que no sabemos qué hacer. Si de paso consiguen ofrecer algún valor interesante por el camino, mejor que mejor. Pero unas y otras se ven para que cumplan la misma función. No es malo en sí, el peligro está, como digo, en la desmesurada oferta de entretenimientos (también en el individualismo: necesitamos ser parte de algo y si en la sociedad es difícil formar parte de una comunidad habrá que buscarla en internet. Pero eso es otro tema).

Entregarse a esta forma de vida me recuerda al soma de Un mundo feliz. ¿La solución? Entregarse a la vida misma: vivir la fe, cuidar de la familia, saludar a quienes nos encontramos, conocernos a nosotros mismos, encontrar nuestra propia originalidad y darle espacio. Y es en una vida sana donde una buena novela, película, videojuego, canción, juego de mesa o serie puede irrumpir con todo su valor y donde tenemos la visión limpia para percibir que nos gusta de verdad, mucho más que si los elevamos a los altares. Porque yo también siento el tirón de la nostalgia y la tentación de la comodidad (vivir aventuras burguesas, salvar el mundo sentado en el sillón, comprometerme con un propósito inmaterial) pero, siendo realista, aunque consiguiera superar el reto de la no hit run Dark Souls con el tipo del taparrabos (por suerte, muchas cosas me salvan de empeñarme en lograr tamaña tontería), no sería una aventura tan vívida y natural como cuando derroté a la polilla gigante del A Link to the Past. Cada cosa tiene su momento y cada vida sus circunstancias: para ciertas personas la no hit run no es perder el tiempo, pero si esa no es tu vida, no le dediques el tiempo que no merece solo porque tu héroe favorito de Internet lo haya hecho. 

Alguna vez he abierto Youtube sin entrar en mi cuenta y han aparecido las recomendaciones mundiales: canciones de verano, vídeos graciosos... esas cosas. Y una de esas veces me topé con un canal que trata de un niño (siempre el mismo) que estrena juguetes. Es impactante ver al niño rodeado de tanto lujo e inquietante preguntarse cómo le puede estar afectando esa vida, quién sabe. Pero sobre todo, es triste pensar en cómo esos vídeos pueden estar estimulando la envidia y la codicia de otros niños con otras vidas. No obstante, si tú también eres vulnerable a la nostalgia y añoras la felicidad natural de la niñez como algo más que un recuerdo y parte de tu historia, puede merecer la pena dedicar un momento a ver alguno de esos vídeos: me hacen darme cuenta de la envidia y la codicia que yo he sentido a veces por cosas que no necesito ni puedo tener, solo que no eran juguetes nuevos, sino la estantería a rebosar de videojuegos de algún youtuber. Cuidado con las empresas que te proveen de aventurillas, porque tú no estás libre de ningún peligro, y a ellas les conviene convertirte en un bebé grande como el de la peli de Chihiro, rodeado de lujos.

Y si por el título del artículo has pensado que te iba a enseñar a ser buenísimo jugando videojuegos, también tengo un consejo para ti: ponlo en modo fácil. 


Este artículo se lo dedico a las personas que me ayudan a crecer. Especialmente a Ana.



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