lunes, 20 de febrero de 2023

Tales of Symphonia - Ese juego


Al comenzar las vacaciones de verano de hace ya cerca de veinte años, salí de mi casa con sesenta euros en el bolsillo dispuesto a comprarme un videojuego, dudando entre Baten Kaitos y Tales of Symphonia. Me decidí por este último, que se convirtió inmediatamente en mi juego favorito y lo fue durante varios años, lo que me hacía sentir, en retrospectiva, que la decisión había sido muy importante: "¿qué habría pasado si, en vez de mi juego favorito, hubiera elegido el otro?", pensaba cuando rejugaba Tales of Symphonia por tercera vez. No habría pasado nada, pero lo cierto es que el Baten Kaitos nunca llegué a jugarlo y se convirtió en "el juego renunciado" de Gamecube, el que quise y no pude jugar. De manera que también dejó impronta en mi historial videojueguil, a su manera.

Mi anterior juego favorito era Golden Sun (y antes de este, Pokémon). Lo que me maravilló de Tales of Symphonia fue ver moverse en tiempo real todas las magias que en Golden Sun se movían por turnos. Tales of Symphonia era un excelente eslabón para continuar la cadena de mis favoritos: Pokémon me permitió vivir una aventura jugable; Golden Sun le añadió magia y narrativa épica; Tales of Symphonia desató la magia liberándola de la pauta de los turnos y además me presentó unos personajes con carisma. De las experiencias que me podían ofrecer los videojuegos, las que más me atrapaban en aquella época eran las propias de estos juegos fantasiosos: viajar a un mundo mágico y vivir una gran aventura. En esto, Tales of Symphonia me ha ofrecido más disfrute que ningún otro. Me lo pasé cuatro veces y media y media (una media borré la partida sin querer, la otra simplemente lo dejé aparcado, y esa fue la última vez que jugué). Me encariñé con sus personajes, jugué a imitarlos y viví sus anécdotas como propias. Me emocioné con los giros inesperados y todo eso. Me descargué la guía oficial de la página de Nintendo y le añadí mis propios comentarios para luego imprimirla y encuadernarla (aún la conservo). Hice dibujos y cómics. Me aficioné a leer las conversaciones inventadas que los fans colgaban en una página llamada Horizonte Sylvarant. En resumen, el juego me entusiasmaba.

A día de hoy, me parece un JRPG ejemplar, porque ofrece todo lo que se le puede pedir al género: narrativa épica, giros de guión, personajes carismáticos, chistecillos, buen sistema de combate, larga duración, rejugabilidad, misiones y conversaciones secundarias, coleccionables, sensación de pertenencia a un hogar, mundo exterior, lugares secundarios, mazmorras con puzles, secretos... y variedad en todo. Hasta multijugador tenía. No había nada que echar en falta, cubría todas las "competencias" esperables en un JRPG y lo hacía con destreza: los personajes eran variados y entrañables, las conversaciones entretenidas, los chistes graciosos, los giros emocionantes, el diseño vistoso pero no recargado, la banda sonora pegadiza (Fighting the Spirit, Beat the Angel, Dry Trail y Town of a Wind and Ruins son mis composiciones favoritas del juego). Las mazmorras y los jefes tenían personalidad, cada personaje tenía una forma de luchar propia, las magias eran de todo tipo, incluyendo invocaciones, la inteligencia artificial funcionaba bien en general... Etc. Incluso la introducción del juego que salía antes de la pantalla de título (una de esas cosas que ya no se hacen), en su versión original con música instrumentada (no la de música tipo anime que metieron en versiones posteriores) era muy buena. Realmente no hay, tampoco ahora, muchos juegos que ofrezcan una experiencia tan completa de lo que es un JRPG de líneas clásicas, aunque haya muchos juegos que lo superen en uno u otro aspecto: en banda sonora (Bravely Default), encanto (Final Fantasy), personajes (Persona 5), tamaño (Xenoblade), sistema de combate (Tales más modernos, supongo) o lo que sea. Por eso creo que sigue siendo un juego muy bueno dentro del género, más allá de la mera curiosidad o el completismo.

Pero dejó de ser mi juego preferido. ¿Por qué? Porque está muy ligado a cierta etapa de la vida. El pico de disfrute de aquellas fórmulas del JRPG a las que se adhiere Tales of Symphonia ocurre en la adolescencia. A día de hoy no sólo no me atrevería a recomendar Tales of Symphonia, sino que dudo que yo mismo fuera capaz de pasármelo. Tales of Symphonia me sacudió cuando era adolescente y el tirón de la nostalgia me lleva a veces a intentar revivir esa experiencia, pero no se puede. En los videojuegos sigo encontrando un disfrute real y bueno, pero no el que encontraba específicamente en Tales y en Golden Sun. Puedo encontrar diversión, retos y emociones en los videojuegos, y admirar el ingenio y la creatividad humanas, pero no puedo satisfacer el anhelo de vivir con grandeza, al que responden esas fórmulas mencionadas. He crecido, y ya no puedo creerme un mundito virtual hasta ese punto. De manera que mi orden de preferencias se ha invertido: actualmente prefiero Pokémon a Golden Sun, y Golden Sun a Tales. Tales of Symphonia es un ejemplo perfectamente acabado de JRPG, con todos sus tópicos (no lo digo despectivamente), pero esos tópicos ya no me emocionan porque me resultan demasiado efectistas, ya no me sorprenden y esa era una parte muy importante del disfrute que me daban; Golden Sun cuenta una aventura épica en un mundo de fantasía que presenta con encanto algunas intuiciones profundas que creo que son reales, y se maneja con sobriedad en el resto de sus elementos, sin asaltarme "animescamente", con lo que a día de hoy puedo apreciarlo como al principio, aun pasada la sorpresa; y Pokémon, al que ya he dedicado muchos artículos, es divertido y genial.

Como ya he dicho, creo que sigue siendo un buen juego. Pero para mí, no se trata de eso, sino de que ni Persona, ni Final Fantasy, ni Xenoblade (mi saga JRPG favorita ahora mismo), ni Bravely Default, ni ningún Tales moderno pueden ocupar en mi memoria el lugar que ocupa Tales of Symphonia, aunque le dedicaría mi tiempo a cualquiera de ellos antes que a este. El valor que Tales of Symphonia tiene para mí no se puede separar de mi propia historia como jugador. Por muy buenos que puedan ser otros juegos, ninguno va a llenar a día de hoy ese anhelo de grandeza (que sigo teniendo) como lo hizo el Tales. Fue el que llegó cuando esa puerta estaba abierta, cuando una obra de ficción podía responder a ese anhelo. Por eso, cuando años después jugué a Xenoblade Chronicles, lo describí como "el nuevo Tales": no porque me hiciera revivir lo que viví con el Symphonia (aunque sin duda es el que más se ha acercado), sino porque es el juego que habría ocupado ese lugar si lo hubiera jugado cuando jugué el Tales. Y eso mismo es lo que le da a Baten Kaitos una identidad especial para mí: es el juego que quizás habría sido ese juego, si lo hubiera elegido en vez del Tales. Y para un jugador de hoy, seguramente ese juego deba ser (o ya haya sido) otro.

Tales of Symphonia tiene un valor importante para mí como jugador, pero es un valor que está pasado: ya se me dio, no puedo volver a recibirlo y no hay manera de atesorarlo. Sé que si volviera a jugarlo exigiéndole la misma experiencia sentiría tristeza, estaría rebuscando en una tumba. Por eso la segunda media vez que dejé el Tales fue simplemente porque no me apetecía seguir; me sentía mejor yéndome de allí. 

Esta semana se pone a la venta la remasterización de Tales of Symphonia y no podría interesarme menos. He visto a un youtuber contraponiéndola a la (según dicen) excelente remasterización del Metroid Prime, y comparándolas en términos de esfuerzo, como si de cada uno de ellos se pudiera haber sacado una remasterización sobresaliente. Pero creo que se equivoca: Tales of Symphonia y Metroid Prime no son juegos iguales en esto, porque los valores que ofrecen son muy diferentes. Los de Metroid Prime son valores perdurables en este mundillo (originalidad, ingenio, capacidad de inmersión...). Tales of Symphonia es una concreción fantástica de anhelos adolescentes construida habilidosamente a la manera de su tiempo. Metroid es un clásico atemporal y Tales of Symphonia es un sobresaliente juego de 2003. Una cosa es quitar el polvo (a Metroid Prime le basta esto para brillar) y otra es viajar en el tiempo. No es una cuestión de esfuerzo, aunque sea verdad que la remasterización podría haber sido mucho mejor.

Yo, por mi parte, y para ser coherente con lo que digo, tenía unos euros sobrantes en la eshop y después de rebuscar entre los indies alguna joya barata he optado por lo seguro: me los he gastado en la versión de Switch de Resident Evil 4. Es, como el Metroid Prime, un juegazo atemporal de Gamecube (solo que el Resident estaba a diez euros y el Metroid a cuarenta, que eso también cuenta). Ya no me da miedo, pero conserva intactas sus virtudes: la jugabilidad enfatiza la importancia de posicionarse bien con una claridad que pocos juegos de tiros logran y es sencilla, divertida y de reglas claras, la ambientación es buena, el doblaje es irrepetible y la historia es sorprendente, esperpéntica por momentos. 

Ni Tales of Symphonia ni Resident Evil 4 me abruman a día de hoy, aunque ambos lo hicieron en su momento. Pero Resident Evil 4 es un juego que sigue estimulándome y satisfaciéndome plenamente después de volverse familiar, y creo que ese es el sello que distingue los juegos clásicos de los pasajeros. Tales of Symphonia no lo hace. Si lo jugase ahora por primera vez, creo que lo disfrutaría (porque tengo para siempre una debilidad por este tipo de juegos, heredada de aquellos años) y que me parecería un gran exponente de su género. Pero de ningún modo se convertiría en mi JRPG favorito, otro habría ocupado ese puesto. Todo lo cual no quita el hecho de que sigue siendo para mí, a día de hoy, un juego de 10... de mi adolescencia.

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