El beat 'em up es un género que ha pasado desapercibido para mí durante toda mi trayectoria videojueguil. Ni estuvo de moda en mis años más jugones ni tenía posibilidad alguna de llamarme la atención. Habiendo probado Soul Calibur II, las meras pintas de juegos como Golden Axe me repelían, y una ocasional toma de contacto con el género confirmó que la tosquedad que percibía a simple vista era real.
Streets of Rage es el primer beat 'em up que he jugado en serio. La introducción me ha resultado sumamente clarificadora: explica que los protagonistas son policías dispuestos a limpiar las calles de una ciudad corrupta (yo tenía el prejuicio de que trataba de meterse en la turba callejera y pelear por pelear). En pocas líneas se establecen un objetivo y un contexto claros. Con esto en mente, comprendo que Streets of Rage no es tosco por limitaciones de la época ni por moda, es decir, por una cuestión circunstancial, sino por lo que es: no una lucha honorable en igualdad de condiciones como la de Soul Calibur, sino una lucha en la frontera entre la Ley y el Caos.
Claro que el juego es tosco y sucio. Es una regresión a la legitimación más primitiva de la Ley, la imposición por la fuerza, porque los buenos y los malos no comparten reglas ni principios, y sin ese suelo común lo único que queda es una frontera trazada a puñetazos. Así las cosas, la violencia es la única forma de imponer el orden, porque es el único idioma compartido. Sujeto: yo; verbo: zurro; predicado: a la chusma. El encontronazo con el enemigo es directo y seco. Hay un margen de cálculo de distancias y posicionamiento pero todo se resuelve a tan corta distancia que no se deja mucho espacio para florituras. Esa fisicidad tan palpable es la virtud de Streets of Rage, creo yo. Sensorialmente, me recuerda al primer choque entre los persas y los escudos espartanos en la película 300. Conceptualmente, me recuerda a Batman, el justiciero que actúa fuera de las fronteras de la Ley para protegerla.
Y el envoltorio responde bien al concepto: las decadentes calles dibujan el contexto y la música, repetitiva, enérgica y machacona, imprime ritmo a la acción.
Quizás la parte jugable de Streets of Rage "desmitifica" su introducción, y redondea la experiencia, con una noción que la narrativa ignora pero que está siempre operante en la parte jugable: a los protas les encanta sacudir al personal... y al jugador también. El jugador comienza la pelea con un ideal en su mente: el malo derrotado, la calle limpia, el protagonista puro de corazón. Pero el juego le constriñe sensiblemente, oponiéndosele de continuo; la palpable fricción que el jugador nota en los botones, incómoda de entrada, desvía su atención al punto de contacto entre el protagonista y los enemigos, al golpe mismo; y al poco, le coge gusto, y acude contento a la siguiente pelea. Streets of Rage convierte al jugador en el sujeto de esa típica tesis con la que que alguna vez han intentado desmoronar psicológicamente a Batman: la de que el justiciero que declara actuar en nombre de la justicia, en realidad, se mueve únicamente por impulsos viscerales.
Supongo que también se trata de un juego que conecta especialmente con el ambientillo de recreativas popular en otros tiempos. Si bien nunca jugué en ese contexto (mis hermanos y yo siempre fuimos de consola casera), puedo imaginar cómo Streets of Rage levantaba una reimaginación divertida de lo que es una plaza de encuentro de niños y adolescentes, con sus jerarquías y demás dinámicas sociales. Un juego en el que competir agresivamente, pero sin riesgo, para ser el más chungo del lugar.
Y esa poderosa sensación de camaradería que transmite el modo multijugador... tú y yo contra el barrio.
En cualquier caso, esa es la gracia principal de Streets of Rage: la fricción del puñetazo a puñetazo, sin tácticas astutas ni ases bajo la manga ni el arte de la guerra. Y por eso acierta al prescindir de cualquier sofisticación.

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