Comienzo la rejugada de Golden Sun: La Edad Perdida, y ya el primer minuto hiere mis anhelos más genuinamente humanos: despierta mi recuerdo cierto de una grandeza perdida que no conocí, y aviva mi inclinación interior a la lucha a muerte por reconstruirla. Nostalgia y deseo de epicidad.
La cascada musical antes que nada (a raudales por el mínimo altavoz de Game Boy Advance), y enseguida los gráficos, los sonidos y la narrativa, resuenan precisamente en lo más noble del corazón humano como una llamada. Concibo esa resonancia en lo profundo y verdadero del corazón humano como el sello de lo artístico, y es lo principal que busco en las obras que analizo en este blog, y fuera de él; al menos, cuando analizo la obra en cuanto obra de arte. La resonancia de la obra en lo verdaderamente humano es lo propio del Arte; más que lo estético, lo psicológicamente estimulante, lo ingenioso, lo sorpresivo, lo inteligente, lo entretenido, lo rítmico... todos estos son los andamiajes y cimentaciones de lo artístico. Lo artístico conecta siempre con la materia cruda; aunque esto lo aprendí después. La Novena de Beethoven es una sobrecogedora entidad intelectual, y casi nos parece que celestial, que sin embargo no puede existir sin frotación de cuerdas ni sin la saliva humana, entre otras cosas. No es una cosa puramente abstracta o ideal.
Pienso que lo artístico se construye sobre materia (el lenguaje humano, el soporte de escritura, la luz coloreando la página de blanco y negro con su impacto físico) y repercute en materia (el sonido de la película vibrando en los tímpanos, la luz entrando por la pupila hasta la retina, el cerebro recibiendo las señales, los ganchos psicológicos estimulándolo y obsesionándolo, la memoria trayendo a la conciencia la obra una y otra vez), pero que toda la construcción guarda un sentido de unidad que tiene su centro en lo humano. Y como la naturaleza del hombre está herida y desintegrada desde la Caída, su centro anda perdido; y unos lo tienen en el corazón, otros en la afectividad, otros en la cabeza, y otros fuera de sí; lo que explica que haya disonancias fundamentales entre los gustos de las personas y entre las obras de arte. Nuestro centro anímico espiritual, acosado por las embestidas de los pecados propios y ajenos, anda dando vueltas como una peonza. La vuelta a Cristo reconstituye a la persona... sin borrar su historia, que surca toda la materialidad de su cuerpo y su cerebro. Como dice Castellani: cada decisión es libre al tomarse; y una vez tomada, se vuelve necesaria, no es ya libre. Y toda esta disparidad explica los gustos tan dispares que desarrollan las personas, creo yo.
La resonancia directa en este centro, esté descolocado o en su sitio, que es el ánimo de todo lo material nuestro, es el sello de lo artístico. Y la obra de arte sale de un centro anímico espiritual y resuena en otros; por eso unas obras de arte son muy sesudas, y les parecen artísticas a estos sí y a aquellos no; y otras son muy sensibles, y les parecen artísticas a estos no y a aquellos sí; pero, posiblemente, ambos sean casos de obra de arte. Todo depende de que acierten en la diana; de que "resuenen". Así me parece, desde que comencé a escribir en el blog.
Lo especial de Golden Sun (1 y 2) se comprende mejor desde un prisma negativo. El juego funciona porque todo va despojado de "valor añadido", va directo a resonar; y en la segunda entrega con aún más acierto que la primera, me atrevería a decir (aunque necesitándola del todo, y constituyendo ambas una sola obra en realidad).
El jugador experimentado y empedernido que se halla en fase de búsqueda de una novedad, de un estímulo inesperado, dejará Golden Sun. Pero quien se halle en buena disposición para saborear lo imprescindible, para contemplar "lo de siempre", puede percibir su condición de juegazo fácilmente.
Durante años, pensé que Golden Sun era una cosa redonda, perfecta en cierto sentido; pero de menores dimensiones que otros compañeros de viaje en la historia de los videojuegos. Retomándolo ahora, me convenzo de que es un juegazo incontestable, a la altura de los grandes; pero hay que saber detectar su valía. Su despojo de novedades, invenciones, artificios, ingenios, trucos -en una palabra, su sobriedad-, todo ello, junto con su acierto con cada elemento en la diana de la "resonancia" que comentaba, es lo que da al juego la fuerza que tantos jugadores han percibido, casi vivido, y atesorado en su memoria.
Y no hay más que escuchar alguna de sus piezas musicales para percibirlo. Recomiendo las tres de su mundo abierto: la primera, perteneciente al juego primero; y las otras dos, pertenecientes al segundo, la tercera al último tramo de la aventura. Cifran en música el heroísmo -la nobleza, la abnegación, la determinación del héroe-, la grandiosidad del viaje épico, la serenidad y fortaleza de ánimo que insufla la bondad del objetivo en el corazón de los héroes, su pureza de intenciones; y, progresivamente, a medida que atravesamos la segunda y tercera pieza, el dramatismo crecientemente angustioso y al borde de la catártica victoria del bien.
Motoi Sakuraba es un destacadísimo compositor de bandas sonoras de videojuego. Es versátil y efectivo; pero nunca le oí tan acertado como en Golden Sun. Su música dota de alma y fuerza a la obra: evoca el viaje de partida en el primer juego, y construye piezas verdaderamente potentes en el segundo, con melodías concisas, distintivas, expresivas y ricamente adornadas. Escuchad el bajo en la primera de las piezas que he recomendado; o en "Second Book", pieza dedicada a la pantalla de título de la segunda parte; escuchad los vientos (que no sé ni por dónde soplaban en Game Boy Advance) en la música de batalla normal del segundo juego, "Felix's Battle Theme"; la percusión en el segundo tema de mundo abierto; los arreglitos de "Jenna's Battle Theme"; o, injertado en medio del viaje épico, el soplo de tristeza que suena desde Garoh, la aldea proscrita de los hombres lobo: "A Full Moon in Garoh"; y así.
Reconozco en estas melodías el toque personal del mismo compositor de Tales of Symphonia: lógicamente, repite ideas, como hacen todos los artistas (¿No es la plasmación de su propia humanidad en la obra parte de lo artístico de ella?). Pero no recuerdo que ninguna melodía de Tales of Symphonia (aunque las haya que me gustan tanto como las de Golden Sun) representase tan exactamente las nociones asociadas a la aventura épica.
Y si esas melodías, no tan diferentes del resto del trabajo de Motoi Sakuraba, reverberan con tanta potencia en las realidades humanas a las que apelan, entiendo que es, en gran parte, porque todo el resto del constructo que es Golden Sun deja a la música un paso recto y despejado hacia esos anhelos que habitan el corazón del jugador. La introducción de originalidades mecánicas y narrativas y la intensificación del impacto psicológico o sensorial desdibujaría la idea, y la resonancia se atenuaría, como dos ondas que, partiendo de centros distintos, se cruzan.

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