domingo, 13 de abril de 2025

Mi historia videojueguil - La PlayStation

 

Próximo el día de mi primera comunión, mi madre me pidió que, como mis tíos querían hacerme algún regalo, le dijera cosas que me gustaran. Recuerdo pedir un coche eléctrico, los libros tercero, cuarto y quinto de Harry Potter (mi mayor pasión en aquel entonces), y la ansiada Edición Plata de Pokémon. También me llamó mi primo, preguntándome si quería algún regalo y, como ya había pedido la Plata, me pareció que pedir además la Oro podía ser desorbitado, así que le dije que la edición Azul o la Roja, a lo que respondió extrañado: "¿Y no prefieres la Oro o la Plata?". Y yo dije que no, porque ya había pedido la Plata por otro lado y me parecía abusivo. Moderao que era yo, y me lo premiaron regalándome las dos: Roja y Azul.

En aquel entonces, mis padres, mis hermanos y yo vivíamos en otra ciudad, y el resto de mi familia tenía que recorrer muchos kilómetros para venir a mi primera comunión, por lo que el día antes ya habían llegado y pasaron un rato en nuestra casa. Fue entonces cuando trabé una fuerte amistad con uno de mis primos, que pasó a ser para siempre compañero de aventuras videojueguiles y de la vida en general. Fue echando un combate pokémon: él había traído su cable Link y me explicó cómo podíamos conectarnos para combatir. Yo no usaba pilas para mi Game Boy Color, sino una batería recargable, y en ese momento necesitaba enchufarla para usar la Game Boy. Recuerdo preguntarle a mi primo: "¿Puedo usar el cable link y la batería a la vez?", y él me dijo que sí, que no creía que fuera a pasarle nada a la Game Boy. Supongo que me imaginaba que si la enchufaba por tantos sitios distintos explotaría.

Mi primo me dio una paliza sacando un Articuno de nivel 50 o más contra el que no tuve ninguna posibilidad. Recuerdo que en la Edición Amarilla el Alto Mando Lorelei, que llevaba pokémon de tipo hielo, se me atragantó y fue el que más me costó vencer de todos; y luego mi primo me dio una paliza con un Articuno. Esto se debe a que no había empezado a leer los consejos del ilustre Profesor Oak que venían en la revistilla complementaria que vendían con la revista Nintendo Acción, porque los tipo hielo me reventaban sistemáticamente. Ya hablaré de la Nintendo Acción, espero.

No sé que clase de empanada mental llevaba por la vida a esa edad, pero lo único que recuerdo con nitidez del día de mi primera comunión es que, sosteniendo la velita, me di cuenta de que el aire por encima de la llama se curvaba, deformando la imagen de lo que veía a través de él.

Los días siguientes los pasé enganchado a la Edición Plata, recorriendo Johto con mi Totodile. Es una edición que es mejor en mi recuerdo que cuando la juego actualmente. La rejugué quizás más veces que ningún otro juego, y luego intercambié con otro primo (distinto del que normalmente menciono) por el Final Fantasy Tactics de la Game Boy Advance. Me aseguré de que él conocía la disparidad del intercambio, porque no quería yo aprovecharme de su menor edad ni siquiera accidentalmente, y al fin y al cabo eran juegos de consolas diferentes, una más moderna que la otra; pero consintió muy convencido y consciente de lo que hacía, así que adelante. Años después, recordándole el caso, me contó que inmediatamente él, a su vez, había intercambiado la Plata por la Zafiro con un amigo suyo. Menudo genio. Y yo preocupándome.

Pero el regalo que nos trae a este relato fue el dinero que mi abuelo me dio. Una buena cantidad, comparada con lo que en esos años me llegaba normalmente.

Unos meses después de mi primera comunión, reparé en que esa suma podía, quizás, ser suficiente para alcanzar un nuevo estatus videojueguil: el de poseedor de una consola pa la tele (el tecnicismo "consola de sobremesa" lo desconocía). Mi única experiencia con una consola así había sido en casa de mi primo, que tenía la Nintendo 64.

Dado que era la inversión más importante que jamás me había planteado, le expuse la idea a mi madre y, decidida la cuestión, fuimos a la confiable Mega Press en busca del nuevo aparato, con el dinero en la mano y sin ninguna información previa.

Llegados al lugar, y dado que en realidad ni siquiera sabíamos ni qué consolas existían, el dependiente dirigió la conversación deslizando entre las simpatías sociales de mi madre asechanzas mercantiles y, puestas ante nuestros ojos la Nintendo 64 y la PlayStation (de Sega ni sé si mencionó algo), afirmó que:

1) PlayStation era más barata.

2) PlayStation era más educativa.

3) PlayStation tenía más juegos.

El episodio me hace pensar que quizás sea verdad que existe eso de la piperomasonería. ¿Juegos más educativos? Sí, está Rayman English, si es que quieres la videoconsola para eso. ¿Más juegos? No sé cuántos creía que iba a comprar, a mis nueve años. ¿Más barata?  Me pregunto cuántos juegos de los que tuve para la Play valen un solo Mario 64.

Fue quizás la primera vez que sentí la punzada que acompaña a las compras impulsivas. Realmente decidí la cuestión en muy poco tiempo, y actué renunciando conscientemente al autodominio del que era capaz, apresurándome a conseguir el codiciado tesoro sin arriesgarlo discerniendo antes si realmente era bueno o no comprarlo.

Llegados a casa, cumplí con el mismo ritual que con la Game Boy Color: enchufé la consola a la tele, la encendí, y me quedé mirando cómo ningún juego aparecía en pantalla. Es cierto que, esta vez, la operación me sirvió para aprender dónde se enchufaba cada cable.

Pasados unos días, fui con mi madre a un centro comercial para comprar un juego que, si no recuerdo mal, me regalaron, reavivando la punzadita de culpa, pues creo que insistí en que me compraran el juego, sin esperar a que la iniciativa fuera de mis padres.

El último condimento de esta experiencia agridulce fue la compra del juego en cuestión: me sentí perdido recorriendo de un lado al otro el larguísimo expositor del que colgaban los juegos, y ligeramente triste al comprobar que, en realidad, ninguno de ellos me llenaba de ilusión. Y así de confuso, dado que no tenía ni idea de lo que quería ni de lo que la consola ofrecía, me decanté por algo conocido y elegí el juego de Tarzán.

Esta decisión sentó precedente, y nuestra PlayStation se nutrió, principalmente, de juegos asociados a otras obras ajenas al videojuego: tuvimos los videojuegos de Tintín, Harry Potter, Hércules, Mickey Mouse, Peter Pan, Digimon y Atlantis. En cuanto a los juegos no derivados de películas y dibujos animados del exterior, fueron los siguientes. De Rayman compré el mencionado Rayman English (qué niño tan obediente era yo), y el Rayman Rush, este último sin tener ni idea de que no era un Rayman plataformero al uso sino un juego de carreras. Chasco que me llevé. De carreras compré, esta vez a propósito, Moto Racer 2, y la experiencia fue corta porque en casa nadie le pilló el truco al juego y perdí todas las carreras (básicamente, debería haber aprendido a frenar y no lo hice); de fútbol, quise comprar un FIFA, y todo ilusionado compré y llevé a casa en unas vacaciones el FIFA de la copa del mundo de 2002: chasco cuando comprobé que el Real Madrid y demás equipos de Liga no estaban incluidos, y que ni siquiera venían todas las selecciones. Encima, mi tía tiró a la basura las instrucciones sin preguntar; pude recuperarlas, pero se quedaron rotas y arrugadas. Y, por último, acudí a MegaPress un día con dos mil pesetas en el bolsillo deseoso de darme un capricho, pero sin ilusión por ningún juego en particular, y compré el juego que mejor me pareció. Aunque me percaté en la propia tienda de que la cajita advertía que el juego estaba en inglés, hice caso omiso confiando en que la cosa sería irrelevante.

Estrené el juego nada más llegar y no entendí nada. No sé ni qué juego era: una navecita flotaba en medio del espacio, una caja de diálogos me daba órdenes en inglés, y yo ni entendía en inglés ni me hacía con los controles de la nave. Decepcionado, comenté en voz alta que no me gustaba el juego, y que no me enteraba porque estaba en inglés. Mi madre me dijo que quizás podrían cambiármelo por otro.

Volví a la tienda, no sé si ese mismo día o al siguiente, y no estando dispuesto a perder las dos mil pesetas que negligentemente había gastado en un juego cualquiera, me presenté ante la dependiente y, cuando me dijo que no podía devolvérmelo, le dije que el juego estaba en inglés; y, cuando me dijo que en la caja ponía el idioma del juego... mentí. "Yo no lo sabía". Le di pena, supongo, y accedió a cambiarme el juego por otro.

Y otra vez me vi en las mismas: ningún juego me ilusionaba, realmente. Pero tenía que coger alguno, y de nuevo me guié por lo conocido fuera del mundo videojueguil: compré Checkmate, un juego de ajedrez. Llegué a casa, lo estrené y la máquina me dio una paliza en el nivel más fácil. Pero bueno, al menos era ajedrez, algo conocido.

Creo que estos malos sentimientos no afloraban dependiendo del acierto de la compra (de la calidad de la consola o del juego), sino de si tenía ilusión real por lo que iba a comprar.

Las punzaditas agrias que comento no quitaron ni una pizca de entretenimiento a mi experiencia con Play Station. Pero esta consola nunca me proveyó de la ilusión a raudales que Nintendo sí me insuflaba. Para mí, PlayStation fue muy entretenida, pero nunca fue extraordinaria, como sí lo fue Nintendo con Super Mario, Pokémon y Golden Sun. El problema, creo, está en que yo era un niño sin acceso a información de prensa ni contactos expertos, y me perdí en el inmenso catálogo de la consola, llegando a coleccionar, junto con mis hermanos, doce o quince juegos, y no coincidiendo ni uno solo con los importantes. Ya lo he contado alguna vez: ni Final Fantasy VII, ni Gran Turismo, ni Metal Gear, ni nada de eso. Y, de todas formas, no sé si a esa edad me habrían afectado tanto como lo hizo Nintendo, que me dejó una huella muy especial desde el primer momento. Sospecho que también está implicada en esto una cuestión de personalidad y gustos. Y también creo que los juegos de Nintendo tienen buen corazón: una alegría y una inocencia que sólo se me antojan comparables con las de la Disney clásica. Evocan con tremenda facilidad la inocencia de la niñez, y despiertan el niño que llevo dentro. Una felicidad casi peligrosa: Nintendo sabe herir de nostalgia. Si puede hacerlo, es porque nos hizo vulnerables, con la gran felicidad que de niños nos dio.

Disfruté de la PlayStation, pero hace años que sé con certeza que habría disfrutado mucho más de la Nintendo 64. No pasa nada: cada cosa ocupa su lugar, y ni Nintendo ni PlayStation son, en realidad, lo importante de mi vida. Mi pasión por Nintendo dura más que el entretenimiento que me dio PlayStation; pero igualmente morirá. El reino de la felicidad-para-siempre existe, pero no es el Reino Champiñón. ¿Y cuál será?

Feliz Domingo de Ramos.

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