Mario nunca ha sido mi saga favorita, de pequeño el mayor impacto me lo causaron RPGs (Pokémon Amarillo, Golden Sun y Tales of Symphonia). Y en cuanto a juegos de acción, prefería otros (Smash Bros, por ejemplo). Por supuesto era de los mejores juegos que tenía y me daba cuenta. Me esforcé en pasarme Mario Bros Deluxe para Game Boy Color, incluyendo el mundo de Luigi, y tuve muchos otros Mario, de plataformas y de otros géneros (Party, Tennis...). Pero nunca me ha causado nostalgia, al contrario que muchos (Pokémon, Golden Sun, Castlevania, Zelda...). Es ahora cuando estoy redescubriendo la saga, especialmente en 3D, y me gusta más, mucho más, que de niño. Así que la trilogía de Mario en 3D ha sido una oportunidad excelente para mí.
Pedí por reyes la trilogía sin dudarlo. Es un producto perezoso, absolutamente deudor de la creatividad de un trabajo que tiene ya más de diez años. ¿Y qué? Pago para jugar yo, no para deleitarme con el sufrido trabajo de gente a la que no conozco. Estos juegos siguen teniendo más valor que casi todos los demás, aunque la recopilación no tenga ningún mérito. No estoy pagando por horas de trabajo desperdiciadas, sino por una obra intrínsecamente valiosa. Nintendo gana y yo gano. Estoy muy contento con el juego.
Son tres juegos que nunca he explotado. Jugué al 64 de la DS, no al de la N64 (porque cuando era pequeño un vendedor corrupto me recomendó la Play por encima de la N64). Sí que jugué a Sunshine y Galaxy en Gamecube y Wii respectivamente. Hace muchos años de eso, y no he tenido tiempo de escudriñarlos últimamente, pero me los he pasado y los he disfrutado en grande. He jugado lo suficiente para "revivir" estos juegos y darme cuenta de qué tienen de especial.
MARIO 64
No viví la gran revolución del 3D, ni probé este juego en su momento, así que lo confirmo sin afectación de nostalgia: Mario 64 es un juegazo a día de hoy.
Los mundos son variados, repletos de detalles ocurrentes. Están configurados principalmente para el plataformeo, con un toque de exploración. Todos son vistosos y apetecibles gracias a su imaginativo diseño. Y el control de Mario es sorprendentemente bueno, con una variedad de saltos rica pero no artificiosa. Es un juego divertidísimo.
También me gusta su "filosofía", su tono general. Mario recorre el castillo dando gritos tan contento, como si le diera un poco igual que Bowser conquiste el reino champiñón; y a la vez se toma en serio cada acrobacia que hace. Se toma su misión despreocupada y seriamente a la vez. Es decir, se la toma como un juego (los juegos no funcionan si no se los toma en serio, y tampoco funcionan si no se los toma con ligereza). Y todo invita a que el jugador haga lo mismo: uno juega concentradísimo en saltar bien a la siguiente plataforma o cacharrito, o sobre el siguiente enemigo, y completamente olvidado de la princesa Peach, pero es que esa es la forma correcta de cumplir la misión, y es una paradoja que funciona también en muchas cosas de la vida real.
Todo está afectado por esa ligereza, nada es tan grave como pudiera parecer. Mario se mete de un brinco en la boca de un volcán, corre esquivando rocas rodantes o se tira por una pendiente de hielo con un bebé pingüino en sus manos, y nada deja de sentirse como un puro juego. Ni siquiera cuando calcula mal y se hunde en la lava, o le aplasta una roca, o cae al vacío con el pobre bebé pingüino. Esto hace del juego una vía de escape fantástica: abandona durante un rato la parte terrible o amarga de la vida, y construye un mundo íntegramente con la parte alegre, aunque en el juego haya peligro de muerte. No es una mentira, es solo un descanso, sana diversión, una gran risotada virtual.
Hay quien dice que Nintendo debería, al menos, haber cogido los gráficos mejorados de la versión de DS. Yo no. Para espectacularidad gráfica ya está Galaxy. La versión de DS, sí, tiene mejores gráficos que la original, menos "picudos" y más proporcionados, pero se queda a medio camino entre 64 y Mario Sunshine. Para quedarme a medias, prefiero el "encanto rudimentario" del original.
MARIO SUNSHINE
El Acuac encarna la esencia jugable de Mario Sunshine: la exploración del escenario. Alrededor de eso se construye el juego, tanto su arquitectura como su contexto o mundo.
El Acuac es un cacharro con forma de pato que dispara agua (Acuac= agua+ cuac cuac) y que añade a Mario, que lo lleva siempre a cuestas, varias habilidades de movilidad, cualitativamente distintas de las clásicas: un chorro horizontal que hace correr a Mario a toda velocidad; un chorro vertical que le hace despegar como un cohete; y un doble chorro vertical que le permite desplazarse "flotando". Así, las posibilidades de movimiento de Mario se ramifican y, por la gran prolongación que estas habilidades pueden dar al salto básico, un solo salto puede conectar puntos mucho más distantes y dispersos (además, también se puede disparar agua a cosas, lo que añade interactividad y otra forma de atacar a los enemigos).
El mundo del juego, Isla Delfino, está construido en coherencia con esa movilidad: los escenarios son mucho más amplios y abiertos. Y el sabor del juego es la exploración. Lo que tiene Mario Shunsine de especial, en lo jugable, es esa arquitectura diferente. Los niveles clásicos como los del 64 parecen entornos de fantasía con rampas y columpios para jugar y obstáculos y enemigos para poner a prueba nuestras habilidades; Isla Delfino parece un lugar más natural, menos preparado para las típicas peripecias de Mario (normal que lo elija para irse de vacaciones).
Estas características marcan un ritmo de juego más pausado, en cierto modo (que es lo que ha llevado a despreciar a Sunshine más de la cuenta, creo yo). Mientras que en Mario 64 los caminos predispuestos para el jugador se visualizan de golpe en la misma arquitectura del nivel, en Mario Sunshine hay que tomarse unos momentos para situarse y descubrir por dónde se puede llegar al objetivo. Es una cuestión de matiz, de proporciones: claro que en Mario 64 hay exploración y en Sunshine plataformeo. Pero en Sunshine la exploración es mucho más marcada que en cualquier otro juego de la saga, por el Acuac y por la estructura del escenario. Así, otros Marios premian la pura habilidad, y Sunshine premia más el escudriñar y descubrir los recovecos del escenario e interactuar con los habitantes. Los detalles encantadores, imaginativos y pequeños, siempre presentes en la saga, cobran por ello más protagonismo aquí.
Las tendencias que apunta Sunshine no encontraron su mejor expresión en la saga Mario, sino en Breath of the Wild, donde la satisfacción de recorrer el lugar alcanza su plenitud, con la sencilla y liberadora sensación que transmite dejarse caer en paravela desde la cima de una montaña. En comparación, el Acuac se siente un poco aparatoso. En la saga Mario, la exploración nunca ha sido tan protagonista, y el legado de Mario Sunshine dentro de su saga está en la estructura abierta del escenario de Bowser's Fury, que reúne todos los niveles del juego en un solo escenario enorme. Esa integración de todos los niveles en uno solo es la continuación lógica de Sunshine, al que habría beneficiado que toda Isla Delfino fuera un solo nivel (como ocurre en Bowser's Fury) y que Mario no fuera "expulsado" cada vez que cogiera una estrella, sino que pudiera seguir recorriendo el escenario (como ocurre en ese mismo juego, y también en 3DWorld y Odyssey). Pero, por lo demás, los niveles de Bowser's Fury son más abstractos, más como los de Mario 64, y ningún juego ha heredado la movilidad del Acuac. Así que Mario Sunshine sigue siendo el juego de la saga que más lejos ha llevado su vertiente exploratoria. En ningún otro la exploración tiene tanto peso que afecte incluso al movimiento de Mario.
Por ello, merece la pena jugar Mario Sunshine. Su enfoque puede hacerse algo extraño si se compara con otros más clásicos, pero esa misma es su virtud: es diferente. Aunque sus aspiraciones no hayan encontrado un acabado perfecto y su propuesta sea menos directa que la de Mario 64, está repleto de diversión y creatividad, como todos los de su saga. Además, es muy luminoso y fresquito, transmite una sensación veraniega que me encanta.
MARIO GALAXY
Este Mario es el más espectacular de la saga. Su planteamiento de jugar con la gravedad y hacer brincar a Mario entre distintos planetitas es quizás el más impactante que ha tenido la saga en toda su historia. Una sola idea capaz de sostener un juego entero pero comprensible de un golpe. Sencillo pero efectivo.
Sin embargo, creo que es una idea más importante de cara a lo visual que en lo puramente jugable. Por eso pienso que la "especialidad" de Mario Galaxy es el espectáculo. Es un Mario repleto de secuencias asombrosas, como cuando Mario sale disparado por algún cacharro hacia el espacio exterior y vuela entre planetas, surca la superficie de un planeta de lava, y aterriza de golpe en el principio del nivel.
Pero la idea de la gravedad arrebata algo de jugabilidad, porque gran parte de su gracia consiste precisamente en quedar a merced de ella. Por ejemplo, cuando Mario salta de tal forma que atraviesa varios campos de gravedad distintos y el salto empieza a trazar curvas raras, hasta aterrizar en un lugar impredecible de antemano. Lo más particular de este juego es precisamente lanzarse al espacio y ser zarandeado por las fuerzas gravitatorias. El control del propio Mario, por lo tanto, pierde protagonismo, y está reducido en comparación tanto con 64 como con Sunshine. La última vez que lo jugué, me pareció que es un juego que ofrece muchísimo espectáculo a cambio de poco. Ahí está tanto su virtud como su defecto.
En cualquier caso, es una cuestión de matiz, y como cabe esperar ofrece muchos retos plataformeros al más puro estilo Mario. Pero diría que en esas partes, precisamente, la cosa de la gravedad tiene un papel solamente visual (porque aporta la ambientación espacial y porque permite que los niveles sean visualmente curvados, aunque jugablemente funcionen como lineales). Total, que la idea es muy espectacular, e incide en el diseño de los escenarios, que son tridimensionales puros (se ven en 3D y se recorren en 3D), pero quita algo de movilidad a Mario, y con ello algo de control al jugador.
Más allá de estas particularidades, Mario Galaxy comparte con sus hermanos la principal virtud de la saga Mario en 3D: la imaginación a raudales. Es un juego que presenta permanentemente nuevas ocurrencias, está repleto de detalles ingeniosos, ya sean de jugabilidad o de "mundo creado". Pingüinos en una playa, estrellas que comen estrellitas y cuando revientan se convierten en galaxias, y todas las pequeñas vueltas de tuerca que en el diseño de niveles replantean a cada poco desde un nuevo enfoque las bases de la jugabilidad. Me gusta especialmente una parte en la que el nivel es un vacío que sólo se materializa al paso de una especie de foco de luz en movimiento, de tal manera que Mario tiene que moverse siempre por las áreas de luz, porque donde deja de haber luz el nivel desaparece. Es un giro ingenioso de los clásicos niveles con cámara en movimiento, que en Galaxy se presenta como un recorrido a saltos entre la materia y el vacío.
En resumen, la idea de la gravedad da a Mario Galaxy más espectacularidad que nunca, es el Mario 3D más vistoso. Pero se cobra algo de jugabilidad a cambio, lo que hace que sea el que menos me gusta de los tres (y quizás de toda la saga). Y aún así, es sobresaliente, un eslabón perfectamente digno de la tradición de Mario 3D gracias a la creatividad sin parangón de sus creadores. Eso es lo que lo hace grande.
CONCLUSIÓN
Como se ve, cada Mario tiene su particularidad dentro de la saga, pero todos son juegos sobresalientes gracias a un factor común: la creatividad pasmosa de sus creadores. La fórmula es exactamente contraria a la de Pokémon: Pokémon encontró una fórmula jugable a prueba de bombas, y se aferra a ella a costa de todo. La garantía de Pokémon es ofrecer esencialmente lo mismo, una y otra vez. La fórmula de Mario es precisamente no tener fórmula (más allá de ser un plataformas 3D, claro). En cada entrega todo se revisa de arriba abajo, hasta el salto de Mario. Algunas partes de la herencia de aprovechan, otras se dejan fuera, a fin de alcanzar nuevas cimas cada vez. La saga Mario no tiene una seguridad a la que aferrarse, cada nueva entrega depende de sus propios logros. Es casi milagroso que haya mantenido un nivel tan alto durante tanto tiempo. Esta trilogía es un pequeño testimonio de ese milagro.
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