Lo curioso es que los videojuegos ya simulan, de por sí, y con sorprendente precisión, la dinámica cristiana del combate espiritual. Enfrentarte a enemigos, caer en combate y, si quieres, levantarte para volver a intentarlo cuantas veces haga falta se parece mucho a la dinámica luchar contra la tentación, caer en el pecado y confesarse para obtener de nuevo la gracia de Dios y combatir. Una semejanza mucho más profunda que la que pueda tener un simulador, por así decirlo, "literal".
La semejanza no es perfecta, claro. Cuando Mario cae al hoyo o le mata una tortuga puede, por concesión del creador del juego, elegir volver a jugar el nivel. Siempre puede volver de la muerte. Pero la Biblia dice que Dios hace nuevas todas las cosas y, en el caso de Mario, lo que se encontrará será el mismo nivel. No es una resurrección, sino una especie de vuelta atrás en el tiempo.
Mejor se ajusta Pokémon. El entrenador regresa corriendo al Centro Pokémon y allí le "resucitan" a los bichos. Es cierto que el juego no da a elegir, el jugador se ve forzosamente trasladado al Centro Pokémon. Pero eso es porque Cristo dijo: "sin mí no podéis hacer nada". Y efectivamente, sin pokémon activos, que esa es la "gracia" del juego, Ash Ketchum sabe que no puede hacer nada. Este punto es coherente con el cristianismo. Pero la semajanza sigue siendo imperfecta: cuando el equipo se desmaya, el camino recorrido no se pierde, porque los entrenadores derrotados permanecen derrotados. Sin embargo, la doctrina cristiana sabe que, en el camino de la virtud, pararse no es descansar, es retroceder, y Pokémon no refleja ese aspecto, porque los avances están asegurados.
Las hogueras de Dark Souls son más complicadas. En Dark Souls, reaparecer en la hoguera es una nueva oportunidad de enfrentarse a los enemigos, que reaparecen aunque ya los habíamos derrotado. Pero no es un reinicio como el de Mario (y casi cualquier otro juego), porque la muerte (que en esta comparación equivale al pecado mortal) acarrea una consecuencia concreta: se pierden las almas y la humanidad. Aunque Dios dé su gracia a quien se confiesa, suficiente para no volver a caer, el pobre pecador puede arrastrar consigo un debilitamiento consecuencia del pecado, aunque le haya sido perdonado. No tiene por qué, pero puede pasar, por tener una fe débil, o alguna indisposición en el corazón, o simplemente porque Dios ha concedido su gracia en esa medida por misteriosas razones. En Dark Souls esa consecuencia hiriente es la pérdida de almas, y se pueden recuperar, pero no basta con pasar por la hoguera.
También reaparecen los enemigos cuando se visita la hoguera, aunque uno no haya muerto. El motivo para ir a la hoguera cuando no se ha muerto es tan claro como el de confesarse cuando no se ha caído en pecado mortal: recuperar la vida plena. La vida a medias es un riesgo en Dark Souls y en el combate espiritual. Las heridas no mortales, los pecados veniales, disminuyen la vida. Si acudimos a pedir que se nos restaure por completo, arrecian los enemigos: esto es porque el maligno ataca con todo al que aspira a la perfección cristiana. Al que se conforma con media vida, puede que le deje en paz, para que él solito baje en cómoda pendiente al abismo.
Por eso, en la pura mecánica, al margen de historias (o lore), las hogueras de Dark Souls recogen más matices de la confesión cristiana que cualquier otra mecánica que conozca. Sin ser tampoco una semejanza perfecta: nadie pierde su humanidad ni por ir a confesarse ni por caer en pecado.
Aclaro que encuentro esta semejanza en los juegos "de muerte", en los que el combate es contra el juego (o sea, contra el mundo), pero no en los juegos de competición, en los que se combate contra otros jugadores. El presupuesto de la resurrección es la muerte propia, y la salvación nunca es a costa de la de otro.
Por último, una advertencia: los videojuegos son mundos irreales. Tus logros videojueguiles no computan para entrar en la vida eterna, ni te preparan para el combate espiritual real. Asemejarse a algo no es lo mismo que participar de ello. Los videojuegos son virtuales, y el cristianismo es la religión de la Encarnación.

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