lunes, 7 de octubre de 2024

Mi historia videojueguil - Los otros juegos de la Game Boy Color

Tras la Edición Amarilla, mi Game Boy Color se nutrió de aportaciones notablemente azarosas en forma de regalos o de compras hechas con mis propios ahorros. El segundo juego fue Tarzán, como regalo de Navidad, y le siguieron El Emperador y sus locuras, Tintín, un juego de carreras de Mickey Mouse, y algunos más.

No contaba con guías de compra porque no leía revistas especializadas ni tenía ningún amigo o pariente mayor que me guiase, así que las compras, como puede deducirse de la enumeración, se hacían según lo que la cajita sugiriera en el momento. Solía hacerlas en una tienda ya extinta a la que guardo cariño, seguramente por estar asociada no sólo a mi infancia sino a un tipo de negocio más prolífico en aquella época: el de las tiendas de barrio "de todo". Allí había prensa, cromos, libros, videojuegos y consolas. Y no tendrían la selección más abundante, pero tampoco se limitaban al juego de moda. Allí compré, por ejemplo, el juego de Speedy González.

De todos los juegos que tuve para aquella consola, que tampoco fueron muchos, este de Speedy González es el que mejor encapsula la experiencia videojueguil propia de un niño no consentido, que en muchos casos es más sana que los hábitos de consumo del aficionado adulto: la experiencia de tomar el videojuego como viene y habitarlo, enfrentarse a él como a una experiencia viva, aprender cada control como un nuevo idioma, sentir cada salto y movimiento como decisivos, y absorber cada detalle como real. Y luego, volver al mundo material y vivir en él con igual intensidad; todo ello en un flujo sin esfuerzo, recibiendo cada percepción sin apenas filtros, marcos mentales que con los años se irán acoplando invisiblemente a las gafas a través de las cuales veremos el mundo. Recuerdo Speedy González como un buen juego: colorido, plataformero y retador. Pero sería incapaz de jugarlo hoy, porque no es lo suficientemente bueno y tampoco aporta otro valor distinto a la calidad que hace que merezca la pena dedicarle mi tiempo: no es influyente, no está asociado a otra cosa de valor, no es original, no genera conversación... pero, en aquellos años, la biblioteca de juegos o libros estaba compuesta no de lo que uno creía haber encontrado por su propia erudición, sino por lo que había caído en sus manos por cualquier motivo: elección intuitiva tomada personalmente en la tienda, persuasión efectiva en el corte publicitario de cualquier serie de dibujos, recomendación de un amigo o elección cuidadosa y posiblemente desinformada de los padres... o del dependiente al que preguntaran. Pero un niño se mete de cabeza en lo que la vida le presenta y desecha de plano lo que no le interesa (las verduras, sin probarlas), con una intuición que apenas se alimenta de otra cosa que no sean primeras impresiones; con menos criterio e información pero mucho más realismo y mejor disposición a la felicidad que muchos adultos, capaces de la amargura teniendo más de lo que quieren y buscando, con falsa esperanza artificiosamente construida, donde saben de antemano que no existe lo que buscan. Y, con esa inocente capacidad de entrega, "viví" dentro de Speedy González, Tarzán, etc. Años después, con una visión más profunda de las cosas, es muy raro que "me meta" tanto en un videojuego, que al fin y al cabo es para lo que se crean, en principio.

Tampoco es cuestión de idealizar la niñez. Es que un niño aún no tiene una "vida entera" que vivir, y degusta las cosas de otra forma, menos esforzada. De ahí la peculiaridad del disfrute infantil a la que me refiero, que creo que se entiende.

Es por eso que disfruté tanto de mi Game Boy Color, a pesar de que sólo coincidieron los juegos buenos o importantes con mis elecciones en un contado número de ocasiones, que son: Edición Amarilla, Edición Plata y Link's Awakening; y mi hermano aportó el mítico Super Mario Bros, en su versión Deluxe.

Con la Edición Plata recuerdo soñar una noche en la que me vi jugando en la calle, delante de mi casa, a dicho juego. Me embargaba una intensa felicidad cuando, al poco de estar jugando, sentí como que me elevaba, la visión se desvaneció y caí de bruces en una realidad que se me presentó, crudamente, con la llamada de mi madre avisándome de que había que levantarse para ir al colegio. Todavía me duele el batacazo, en el alma. Pero un tiempo después, me regalaron el juego por mi Comunión.

El Link's Awakening se lo vi jugar a un compañero de clase en el patio del colegio, captó mi atención y me quedé con el nombre que dijo el niño: "Celda" (así lo registré en mi cabeza, claro). Poco después, en la famosa "tienda de todo", vi la cajita y, estando casi, aunque no completamente seguro de que fuera el que vi jugar a mi compañero, compré el juego, con mi madre un tanto cautelosa mirando la caja, de color negrote y sin dibujos confiables que arrojaran pistas sobre la naturaleza amigable o no del mismo, que efectivamente resultó ser el que creía. Comencé aquel día, con el nombre "ZELDA", una partida que se prolonga hasta el día de hoy: sin experiencia en juegos de ese tipo y sin entender ni papa de inglés, conseguí abrirme paso por varias mazmorras, disfrutando la experiencia a pesar de lo obtuso que me resultaba todo, tal es el poder de la persuasión de Zelda unido a la dedicación ilimitada de un niño. En los años sucesivos, volvía de vez en cuando a esa partida, porque la fascinación que el juego me inspiró no se ha borrado desde entonces y aún puedo recordarla con bastante nitidez. Y, habiendo hecho acopio de más erudición anglófona, avanzaba otro paso en la gran aventura, para luego dejarla pausada otros varios años en favor de juegos más actuales o, simplemente, de otras atenciones de la vida. Durante la carrera, me pasé la séptima mazmorra (muy chula), y, al no hallar fácilmente el camino a la última, volví a aparcar el juego, que sé que algún día retomaré para completarlo definitivamente. Por eso suelo decir que llevo veinte años pasándome el Link's Awakening (bueno... ya son más, pero no haré la cuenta).

En cuanto al Mario, la decisión estaba tomada de antemano. Con motivo de la compra de la Game Boy Color para mi hermano, mis padres le compraron un juego y, hablando de cuál sería, se determinó que fuera este sin mayor dificultad. Es uno de esos juegos en los que coinciden la máxima calidad con el máximo poder de atracción a los niños. Aparte de todo lo que se pueda decir de este juego mítico, recuerdo que la versión de Game Boy Color tenía un modo multijugador consistente en carreras por un nivel, que sólo podíamos aprovechar cuando estábamos con mi primo, que también tenía el juego, y que me ponía de los nervios.

La especial vivencia que un niño tiene de los videojuegos en los que se sumerge no se debe a que estos sean más inmersivos ni a que los videojuegos en general sean cosa de niños, sino a una capacidad propia del niño, dotado de un cerebro creciente y desocupado y mucho tiempo libre. Pero que el niño sea capaz de vivir intensamente cualquier juego no quiere decir que no tenga ya una noción de cuáles son mejores; la calidad propia del juego ocupa un lugar también en esa temprana etapa videojueguil. Por eso, los juegos que dejaron una huella más profunda en el niño que fui son, precisamente, Link's Awakening, Pokémon y Súper Mario Bros. Una huella que perdura...

Como también lo hace el cariño especial que le tengo al Speedy González, por asociarse a un recuerdo tierno. Me hallaba yo desesperado intentando pasarme un nivel, que no recuerdo si era el 4 o el 5, cuando caída la noche me arañaba la hora en la que un buen niño no tiene más remedio que irse a la cama y dejar la maquinita para otro día. Y viéndome otro día más atrapado en el mismo mundito del maldito juego, lloré ante mi madre lamentándome de lo difícil que era y rogándole que intentase pasárselo y que por favor, por favor, por favor, apuntase la contraseña que abría la puerta del siguiente nivel. Lamentable mancha en mi historial de jugador, pero triunfal hito en la carrera del amor madre-hijo, final feliz incluido: al día siguiente, ella me entregaba escrita la preciada clave.

Recuerdo creer que pasaría el resto de mi carrera videojueguil atrapado financieramente en la generación Game Boy Color. Vivía conformado con eso, educado en la conciencia de pobre que resultaba de haber magnificado infantilmente lo que era simplemente una gestión austera y razonable del sueldo por parte de mis padres, comunicada debidamente a sus hijitos (ya conté aquella anécdota del McDonald's...). Un día, en casa de mi primo, tuve una epifanía: "¿sabes qué? Creo que algún día tendré la Game Boy Advance, con el Golden Sun...", le dije. "¿Tú crees que la tendré?", le pregunté. Y él me dijo: "no sé", ignoro si porque no le interesaba demasiado el tema, porque se le habían pegado mis límites financieros mentales o (lo más probable) porque literalmente no lo sabía.

Efectivamente, a su debido tiempo mis hermanos y yo pudimos tener la gloriosa Game Boy Advance. Pero esa es otra historia.

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