jueves, 23 de abril de 2020

Sólo queríamos una aventura - Pokémon Amarillo

Que hay que hacer caso a los mayores es algo que seguramente hemos oído todos. Lo hayamos creído más o menos, nos lo hayan explicado mejor o peor, nos lo hayan dicho a tiempo o a destiempo, y fueran nuestros mayores más o menos ejemplares, es una de esas reglas que podemos contar entre las que nos han llegado como verdades universales.

 Yo de pequeño asumí muy bien esta regla: los mayores tienen autoridad porque son mayores. Y ya está. Más tarde, reflexioné que, como son mayores, es posible que hayan adquirido una perspectiva de las cosas más proporcionada que la mía, porque han tenido más tiempo para entender. Por tanto, sus observaciones son especialmente dignas de consideración.

 Pero es últimamente cuando entiendo que hay otro factor por el que debe atenderse a los mayores. No es sólo por su autoridad, ni sólo porque probablemente han pasado más tiempo reflexionando sobre la vida. También es porque hay ciertas cosas de las que sólo alguien más mayor puede decir: "yo estuve allí". Por mucho que uno estudie el pasado, por muchos datos que recopile, nunca tendrá acceso al conocimiento directo y evidente de quien lo vivió.

 Pues bien, a los efectos del fenómeno Pokémon yo soy de los mayores. Yo puedo decir: estuve allí. Y estuve en el momento en el que tenía que estar para poder decir que lo viví: cuando era niño. Quienes en los 90 ya eran mayores y quizá vivieron el fenómeno de los Beatles no entendieron el fenómeno Pokémon, aunque lo vieron en la televisión, lo trataron en sus casas y lo sintieron en sus bolsillos.

 Quienes éramos niños difícilmente pudimos escapar. Pokémon estaba por todas partes. Había juguetes, muñecos, mochilas, carteles, anuncios. La serie nos hacía testigos de las andadas de Ash, con Misty, Brock y Pikachu, y nos proporcionó una imaginería nítida de lo que era el mundo Pokémon. Los "Pocket Monsters" cobraban vida de formas espectaculares. Nos dio un mundo ordenado donde verter casi todo lo que puede abarcar la loca imaginación de un niño. Veíamos el poder en Charizard, el misterio en Alakazam, la libertad en Pidgeotto, lo salvaje en Ponyta, la amistad en Pikachu, la rivalidad en Gary, la dificultad en los fracasos de Ash, el desafío en los gimnasios, las proezas en las medallas, lo místico en los Pokémon legendarios... Se sucedían ante nuestros ojos encarnaciones de todo lo que se puede encontrar quien se lanza a explorar el mundo desconocido. Nos dio unos patrones fáciles de imitar: la frase "¡te elijo a ti!" y el gesto de lanzar la pokéball. ¡Hasta nos dio nuestras primeras nociones de ciencias naturales! Hay biología en la evolución, hay física y química en los tipos de ataque y, aunque no se ajusten del todo a las leyes naturales de verdad (bueno, a veces sí: con Pokémon aprendimos que el agua conduce la electricidad), sí nos dio la noción básica de que este maravilloso mundo sigue unas reglas y que son interesantes. Y también nos dio una canción con la que podíamos llevar con nosotros ese mundo, tarareándolo para nosotros o cantando a gritos con nuestros hermanos y amiguitos. Y el famoso "¡Hazte con todos!" se podía realizar de muchas maneras: tazos, cromos, muñecos. Quien no estaba ya atrapado por el fenómeno seguramente no había conseguido todavía una Game Boy y andaba en su busca. Ése fui yo a los 6 años: uno de los del corro alrededor del niño jugando a la Game Boy en el recreo. Y lo que yo veía en esa pantalla era LA AVENTURA.

 Limitarse a ver la serie era limitarse a mirar. La Game Boy era el lugar donde YO podía vivir esa gran aventura que veía vivir a Ash y a mi compañero de colegio. La camiseta de Pikachu, los tazos, el muñeco de Charizard... me parecían como souvenirs traídos del mundo Pokémon por quienes habían estado allí de verdad. Y yo quería ser de esos. Yo no quería sólo el tazo de Marowak. Quería a Marowak.

 Finalmente mi abuela me regaló la consola y mis padres me compraron la edición Amarilla. No es sólo que sea un juegazo, es que es mi primer videojuego. Ninguno volvería a impactarme tanto hasta Golden Sun. Al juego que marcó una época para mí y tantos otros no puedo darle menos de un 10.


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